lunes, 29 de marzo de 2010

jueves, 25 de febrero de 2010

¡Viva la excepción!

Hoy voy a hacer una excepción en mi propia (y única, a decir verdad) norma del blog: que las entradas sean de pura ficción u opinión saril :P. ¿Y por qué? Porque merece la pena. Y es que quiero hablaros de la iniciativa de un simpático bloguero, Juan Ceñal, que desde su blog y su programa radiofónico 10 historias, 10 canciones, hace una increíble tarea por la difusión de la música.

Con el hilo conductor de un tema -no de un grupo, género o estilo- Juan nos hace viajar a diferentes mundos en cada programa: sus 10 historias divierten, emocionan, y siempre sorprenden.

Y ahora él me ha pedido para su blog una selección de 10 canciones con las que me siento identificada. Bueno, puede que las haya mejores; pero las he escogido por lo que representan para mí o simplemente porque me hacen sentir bien. Podéis escucharlas aquí, y animaros a enviarle las vuestras (increíble ejercicio de autorreflexión, os lo recomiendo).

miércoles, 24 de febrero de 2010

Francisquito

El gato Francisquito estaba enfadado, su negro cabello erizadísimo. Desde el otro lado del pasillo, observaba a su rival en la oscuridad: ese gato persa (¿o sólo de pelo largo?) que estaba apostado junto a la puerta. No quería competencia en la casa: ¿quién era aquel descarado? ¿Tendría la osadía de querer compartir su cama, comida y arenero?

Poco a poco, Francisquito se iba acercando a él; dispuesto a asestar a su enemigo un golpe certero, un zarpazo letal capaz de alejarle para siempre de sus dominios. Un paso: un poco más cerca. Otro más: Francisquito ya es capaz de atisbar su lanudo perfil. Otro más: ese no sabe lo que le viene encima. Pegado a la pared, avanzando con el sigilo de un ninja, Francisquito estaba a punto de verse las caras con su némesis felina…

Y justo en ese momento, la dueña de Francisquito barrió por fin aquella pelusa gigante de la entrada de la casa. Francisquito se quedó sin enemigo.

jueves, 11 de febrero de 2010

Sol

Luisa suspiró mientras veía el telediario: palestinos e israelíes siempre a la gresca, especies en peligro de extinción, desastres naturales... "Nada nuevo bajo el Sol", se dijo. Y en ese instante, juraría haber oído cómo el Sol exhalaba un pequeño bostezo cansado.

lunes, 1 de febrero de 2010

A.

A Antonio le gustaba tanto esa serie… Tanto le gustaba, que sabía al detalle todos los guiños y gestos de sus protagonistas: el saludo del padre al llegar a casa, el contorneo de caderas de la hija mediana, el chocar de manos del hijo mayor con su vecino, el amigo de toda la vida. Tanto le gustaba que había aprendido a manejarse en aquel entorno familiar lleno de sorpresas y rodeado a la vez de una tranquilizadora y previsible rutina.

Tanto le gustaba aquella serie, que decidió mudarse.

Asombrada, anonadada, su madre pudo ver en el tercer capítulo de la quinta temporada de “Los maravillosos Brown”, la entrada de un nuevo personaje. Aparecía por la puerta un tímido muchacho cargado con un pequeño equipaje. Un joven menudito y blanco al que todos llamarían cariñosamente “A.”, por su pequeño tamaño. El estudiante español de intercambio que llegaba a la vida de la familia Brown… para quedarse.

martes, 19 de enero de 2010

El libro supremo

En algún lugar del mundo, existe un libro capaz de coger entre sus manos a una persona, leer una a una las páginas de su vida (dejando esquinas convenientemente dobladas para no perderse) y, al finalizar, permitirse el lujo de hacer una crítica.

martes, 5 de enero de 2010

Terapia anual

Se tumbó en el diván, temblaba de arriba abajo. El doctor le animó a tranquilizarse; y el excitado paciente, ya en confianza, le expuso su problema. Tenía estrés. ¿Las causas? Un exceso de responsabilidad y la presión de todos los habitantes del planeta esperando algo bueno de él: la resolución de los conflictos, el fin de la crisis económica, soluciones para el cambio climático, inclusive el logro de sus propósitos personales...

Según contaba todo esto, el paciente iba poniéndose más y más histérico, con los ojos grandes como dos enormes ceros, para echarse a llorar a continuación. El doctor, sobrepasado, le dijo que era normal, que no tenía que martirizarse, que en ese momento era mejor llorar y echarlo todo. Y le despidió con una palmadita en la espalda, contento por no estar en su lugar: ¿quién querría ser el aterrado, el angustiado año 2010?

jueves, 24 de diciembre de 2009

Colina

Yendo hacia el trabajo, Julia se sorprendió: no recordaba haber visto nunca aquella colina cerca de casa. Una pequeña montañita, sobre la que el ayuntamiento no había tardado en poner un banco y plantar un árbol.

Y es que la formación de la colina no pudo ser más rápida. En su base, permanecía aquella señora obesa que un día cayó en la nieve por un fortuito resbalón y que a la que nadie ayudó a ponerse en pie. La mujer sobre la cual empezó a caer la lluvia, el fango, la tierra, hasta nacer la vida. Aquella señora que era del barrio y ahora era el barrio.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Detective

El detective privado pidió un café solo en una acogedora cafetería de Manhattan. Y sentado solo en una mesa de dos, se escondió detrás de su periódico para mirar de soslayo a la mujer rubia que discutía con el que presumiblemente era su amante, y al que propinó un sonoro bofetón. Tomó notas de todo lo sucedido en su gastado cuaderno, con su letra de zurdo, pequeña y abigarrada.

Al salir de la cafetería, giró en redondo y siguió a un niño que lloraba porque se le había escapado un gran globo rojo; para, a continuación, seguir la pista de un mimo que ya se había despintado la cara y volvía, taciturno, a su casa sin dejar de farfullar con una extraña voz chillona por las pocas monedas depositadas en su gorra. Y así, hasta bien entrada la noche, el detective siguió incansable con sus pesquisas y anotaciones.

A la mañana siguiente, quedó con su cliente para entregarle todo el material del caso: hojas de su viejo cuaderno, notas sueltas al margen del periódico, unos cuantos mapas y esquemas, cartas rotas. El cliente, nervioso, impaciente, con la mano temblorosa, cogió todo entre sus manos con una emoción incontenida y entregó en un sobre su dinero. El detective se limitó a llevarse su sobre, agachando la cabeza en un gesto humilde, y se fue. Había hecho un gran trabajo: aquel era el mejor material para historias que jamás había obtenido. Su cliente, ese pusilánime y agotado escritor, podría seguir trabajando en la novela; con la que, algún día, ganaría el Pulitzer, sin ponerle siquiera una dedicatoria.

martes, 8 de diciembre de 2009

La máquina

Echó la moneda. La volvió a echar. Tras varios intentos, la máquina de vending por fin la aceptó. Sandra Lee seleccionó un suculento donut de chocolate pero lo que cayó en su lugar fue una enclenque chocolatina dietética. "¡Será posible, otra vez! ¡La madre que parió a la máquina!", gritó indignada con su voz ceceante, mientras le daba una fuerte patada, y se iba mordisqueando su chocolatina light, sin molestarse en poner otra reclamación más en las hojas amarillas, esas que nadie nunca atendía.

Lo que no sabía Sandra es que aquella máquina no era automática, sino teledirigida. Una cámara de la compañía de seguros de la empresa espiaba los movimientos de los empleados más obesos o con potencial sobrepeso; y mediante un sistema controlado a distancia, les ofrecía “alternativas saludables” a sus peticiones, con el fin de controlar los problemas de colesterol, diabetes y otros que pudieran padecer, y evitar los consecuentes gastos médicos. Un empleado saludable, un problema menos, era el eslogan de la aseguradora. Y lo cumplía, le pesara a quien le pesara.