Miriam le pidió la operación a su madre por su 18 cumpleaños. Estaba tremendamente ilusionada, casi ni dormía ni comía pensando a todas horas en el espectacular resultado. En cambio su chico no estaba tan convencido; la miraba de arriba abajo y le decía que se lo pensara dos veces, que estaba bien como estaba y aquello no le pegaba nada. Sus amigas también opinaban que era algo desproporcionado, ¡pasar de 80 a 160! Pero ella estaba empeñada en hacerse aquella operación de cerebro y pasar a un cociente intelectual de genio. Para entender de verdad los libros, para disfrutar más de sus viajes y, quizá, una tarde de invierno emocionarse con una hermosa aria de ópera.