Francisca, Mariana, Lourdes y Vicenta adoraban salir a pasear en grupo, a eso de las 8 de la mañana, cuando el calor aún no resultaba asfixiante. Se plantaban su chándal y sus zapatillas y hacían 30 minutos diarios, tal y como les había recomendado sus respectivos doctores para mantener controlado el azúcar. Y poco a poco, iban aumentando el ritmo y distancia de los paseos. Hasta que una mañana, la vital Francisca impuso un acelerado ritmo en la caminata, que todas siguieron sin problema, entre charlas, jolgorio, cotilleos varios e intercambios de experiencias sobre sus hijos y nietos. Iban caminando y sintiéndose bien, cada vez mejor, y no querían parar; estaban exultantes por todo lo recorrido.Fue Mariana la que reparó en lo lejos que la caminata les había llevado. Aspiró el aroma de desconocidas especias y se fijó en los curiosos tenderetes de un mercado al aire libre donde, en extraños caracteres, se anunciaba la venta de algo que identificó con dificultad como perro frito. Asombrada, hizo detenerse al dicharachero grupo. Las cuatro señoras estaban ya en el centro de un corrillo donde un curioso grupo gente de ojos rasgados las miraba como si acabaran de venir de Plutón y no del barrio de Usera.