Asistir a la grabación del programa geriátrico de fin de año de TVE presentado por Lolita, o su hija; o su nieta, que también la enchufará –eso es enchufe trifásico- y, en pleno mes de agosto, gritar a pleno pulmón subida a unos taconazos de vértigo y brindando con cava de atrezzo: “¡Feliz año nuevo!”Salir en el spot de un producto antigripal, tosiendo de manera muy convincente: ejem, ejem, uhum. Pero cachis, por más que ensayo, la tos seca no me sale bien. Es que es la más difícil de interpretar; requiere contención, nada de sobreactuar como los que hacen la tos con mocos: pringaos.
Crear la letra del éxito calentón del verano, en plan: “mis ojos son como un volcán, sangre latina pa dar y tomaaaar”. Venga, vamos, que me entran los calores.
Figurar en el libro Guinness de los récords como la persona que más ha tardado en hacer el cubo de Rubik. En serio, que hay un tío que quiere apuntarse en esa categoría -la de perdedor, supongo-. Y no es por presumir, pero puedo ganarle con facilidad. Es un gustazo ser tan mala-buena en algo, ¿que no?
Entrar en el templo de una iglesia de cualquier secta evangélica norteamericana. No, de cualquiera no, de la más horterona, la que tenga los negros más gordos y grandes en el coro con las túnicas más cantosas, y gritar entre lloros y estertores que antes no tenía manos y que Dios todopoderoso me las ha devuelto para teclear en mi blog. ¡Aleluya! ¡Aleluya, hermanos!