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martes, 2 de diciembre de 2008

Manzanas desesperadas.

En la máquina de chucherías del trabajo, entre las barritas dietéticas y los triskis de toda la vida, asoma tímidamente una novedad: una bolsita de manzana troceada Florette. Un descubrimiento que me ha hecho sentir un pavor frutal, digo brutal.

Tras el cóncavo cristal de la máquina, que parece sacado de Alicia en el País de las Maravillas, -te pides una bolsa de patatas y cuando sale ha encogido misteriosamente su tamaño...-, está esa frágil frutilla. Una lastimera manzana expuesta como si fuera la última del mundo y tuviera que mantenerse en la vitrina del museo de ciencias, mientras los niños de ojos enormes y curiosos la observan: -“¿Papi, es eso una manzana?” -“Sí, hijo, pero se extinguieron; ahora las producimos en fábricas donde se les añade convenientemente vitamina C y vitamina D, que es buena para tus huesos”.

Ahí está, observándonos, la cansada manzana con jet lag que ha viajado desde un campo de frutas de a saber qué remoto lugar del mundo, para llegar hecha cachitos a la máquina de una oficina en la tercera planta de la calle Ribera del Loira, Madrid (ya se sabe, los vuelos low cost te hacen polvo). Una manzana troceada, mutilada y sin dignidad, que no puede ofrecernos su belleza, su color, ni un ápice de olor –¡pero si es más natural la manzana de mi Mac!-. Una manzana atiborrada de antioxidantes que le impiden envejecer, más recauchutada que la Anita Obregón (¿hará posados veraniegos, le atraerán las jóvenes semillas a las que dobla en edad?, me pregunto). Una manzana neurótica y con problemas de identidad que ya no sabe si es una fruta o un snack o un “snack sano” o qué narices-nouses han decidido que sea unos tipos de marketing con traje y corbata, un lunes después de comentar el partido del Madrid. Una manzana fantasmal, ni viva ni muerta, digna de ser estudiada por Íker Jiménez y todo su equipo, que nos atormenta con su pávida imagen, difusa tras el cristal y la bolsa. Una manzana, en definitiva, con una existencia patética. Ay, si la pusiéramos en el diván, cuántas cosas nos contaría esa “sana” manzanita sobre esta sociedad enferma.