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lunes, 13 de abril de 2009

El Helado Perfecto

Estando de vacaciones en la playa, vi un helado increíble en los carteles de una marca local de helados. Una crujiente capa de chocolate escondía un contrastado interior de helado vainilla con nueces de Macadamia. Maravillada, entré a comprarlo en una tiendecita; pero no lo había. Probé en una segunda tienda, en una tercera y hasta en un cuarto establecimiento. Nada, no había manera. Estaba agotado, o eso me decían... Y los comerciantes, muy pícaros ellos, trataban de ofrecerme otros helados similares. Pero no, no eran el mismo, sólo parecidos. No eran “el helado”.

Después de tantos intentos, empecé a sospechar que aquel helado, el Helado Perfecto, no existía realmente; que sólo era una trabajada y eficaz estrategia de marketing. Un cebo infalible, capaz de atraer al público, de hipnotizarlo. Y entonces, una vez que tienen atrapado a un incauto, zas, van y le venden otro producto similar. Sólo eso: similar. Pero en fin, ¿no es eso en lo que consiste el marketing? La magia de lo ficticio, el truco de lo inexistente, la chispa de la apariencia. Nos venden artistas pop perfectamente moldeadas por el fitness y el photoshop tras las que hay historias de droga, vanidad y profunda soledad interior. Maravillosos vestidos prêt a porter y finos artículos de lencería que se incrustan con malignidad en las curvas de las mujeres de talla 40. Bebidas que parece que te van a cambiar la vida en un minuto y sólo te producen gases durante una tarde. El mundo está lleno de productos perfectos que en realidad no existen, nunca lo hicieron. Y, al igual que mi pequeño helado, nos pasamos la vida pretendiendo comprarlos.