Me vais a perdonar si hace días que no escribo nada. Pero es que tenía un relato ya listo para poner en el blog y resulta que se me ha escapado de casa. Ha sido despistarme un segundo de nada, y voilá, ¡ya no estaba! A lo Houdini.Es que los relatos son criaturas muy suyas. Seres semisalvajes, que no se dejan domesticar nunca. Jamás. ¡Bajo ningún concepto! Tú no puedes llegar y decirle a un relato: “Relato: quieto” o “Relato: ¡siéntate!” o “Relato: dame la letrita”. Un relato no se deja sobornar con caricias en la barriga ni mucho menos ser paseado con una correa, para que presumas de él en el parque. Sino que, cuando te quieres dar cuenta, ya está por ahí, subido a lo alto de un tejado observando la ciudad para reinventarse a sí mismo o rebuscando en los contenedores de papel para inspirarse con viejas revistas abandonadas. Si sale a la calle a buscar aventuras, ya puedes olvidarte de él; porque él ya se ha olvidado de ti, de tus mimos, de las palabras con las que lo has alimentado.
Así que, finalmente, he desistido de encontrar mi relato. Ya he quitado los carteles que había colgado por todo el barrio y estoy viendo si consigo engatusar a otro ejemplar. No uno de medio pelo sino un verdadero relato con garra.