miércoles 18 de noviembre de 2009

Retortijón

No lo podía evitar. Para Juan, el poeta, la inspiración llegaba como un retortijón que bajaba del corazón al estómago. La pena es que era difícil distinguir cuándo tenía en sus entrañas una obra maestra o un auténtico pedo.

viernes 13 de noviembre de 2009

Críticos

Todo el mundo decía que aquella artista cantaba como los ángeles. Pero a los ángeles no les gustaba nada de nada.

miércoles 11 de noviembre de 2009

El Club de los 10

Quedaban cada jueves a las 20 h en el bar irlandés para tomarse una pinta. Con caras amargadas, conspiraban contra la sociedad que los rechazaba y que nunca había llegado a entender su punto de vista. Eran solo 10, pero muy aferrados a sus creencias. Los 10 únicos hombres en el mundo que jamás se habían reído viendo una caída ajena.

martes 3 de noviembre de 2009

Malentendido

Una pierna hacia arriba, otra, y otra más. Jóvenes y sonrientes bailarinas rodean a la vedette principal, bailando al son del piano, sin dejar de lucir blancas y estiradísimas sonrisas. Mientras la acelerada coreografía se sucede, Sonia no quita su cara de asombro y horror.

Jaime le pregunta:

- ¿Pero no decías en tu ficha de buscopareja.com que te gustaban las Variedades?
- No, NO –contesta Sonia, que ya empieza a entender el equívoco...-.
- Ssssshhh- dice el señor calvo y gordo de la tercera fila, ofendido por la interrupción en su número favorito, La Gatita Lulú.
- Lo que puse en la ficha, en el apartado de Gustos culinarios, es que a mí me gustan los VARIANTES: las aceitunas, los pepinillos, ya sabes, todo eso. –Concluye apurada Sonia.

La hora siguiente hasta el fin del espectáculo es un éxtasis de carne, lentejuelas, plumas rosas y tensión entre ambos. Un terrible comienzo para una relación de pareja.

martes 20 de octubre de 2009

Microclimas

Debido a un defectuoso sistema de calefacción, la oficina creaba diferentes microclimas. Unas salas eran calientes como el Sahara, otras frías como el Polo, en otras la ventisca hacía imposible cualquier clase de permanencia.

Así que, no hubo más remedio, los empleados acabaron creando subespecies para adaptarse y salir adelante.

En las salas cálidas, subidos a las mesas, colgados de las ventanas, o tras las plantas más frondosas de las macetas, se podía observar a los empleados de más bajo extracto, hablando de fútbol y realities, y de ex mujeres de toreros. En las salas más gélidas, gordos jefes de generosas papadas y gruesas capas de grasa corporal y viejas morsas secretarias sobrevivían a zarpazos para llegar a lo más alto de su aislado iceberg.

Por su parte, arrastrados como serpientes, los empleados ambiciosos y advenedizos esperaban pacientemente a sus presas. Otros, menos subterticios, atacaban con sus abiertas mandíbulas a los compañeros indefensos y borreguiles que cruzaban en manadas el pasillo hasta la máquina de café. La lucha no daba tregua, se trataba de la supervivencia laboral. Todo o nada. La vida o la muerte. La oficina o la calle.

lunes 19 de octubre de 2009

Curiosa anécdota


- ¿Sabes, Pedro? Un día me perdí por París. Estaba paseando tranquilamente por Montmartre, me metí en una callejuela y no supe llegar al hotel hasta que pregunté a un simpático anciano.
- Ah. ¿Y qué tiene de particular?
- Supongo que nada, excepto que nunca he viajado a París.

miércoles 7 de octubre de 2009

Obsesión


“Polvo somos y en polvo nos convertiremos”.

Cuando Maruja, humilde señora de la limpieza, oyó semejante cosa en el entierro de su tía abuela, se deprimió mucho. No por el significado de la frase, sino por la incapacidad de limpiar tanto polvo en el universo.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Sin tinta

Andrea no podía escribir: la tinta de su imaginación se había acabado. Al principio lo notó por los repentinos borrones. Y poco a poco se fue secando; hasta que, por más que apretaba o agitaba su cerebro, sus historias sólo dejaban una triste marca, profunda y sin color.

Necesitaba buscar urgentemente un recambio para su tinta. Y sabía muy bien dónde encontrarlo: en ningún lugar en concreto. Podía estar en una violeta puesta de sol, en el tacto de un suave jersey de lana o en el crujir –cra, cra- de sus cereales de desayuno. En cuanto recargara su fuente de ideas, podría continuar con su ya sediento volumen de cuentos.

martes 22 de septiembre de 2009

Rostros

Óscar salió a la calle sin rumbo fijo. Necesitaba caras. Los rostros ideales para poner a los personajes del libro que estaba leyendo. Era una costumbre que había adquirido hacía muchos años, cuando aún era un adolescente pegado a los libros: nunca más imaginarse caras indefinidas, sino salir a buscarlas al mundo. Rostros con sus defectos, con sus virtudes, con su realidad, que darían verdadera vida y pasión a las tramas y diálogos. No podía leer un libro sin tener las caras listas. Era de todo punto imposible.

Así que se lanzó en su busca. El mejor lugar para encontrar las caras era el Metro. Óscar lo sabía muy bien. Se metió en la primera boca que vio a su paso, introdujo el ticket por la máquina y empezó su aventura…

¡Ahí mismo, subiendo la escalera mecánica! Ese hombre grande y de gafas redondas sería un perfecto Terry. ¡A por el siguiente! Óscar subió decidido a un vagón, sin éxito; bajó y volvió a subirse al siguiente… ¡Y, helo ahí! Ese joven era Oliver, con sus aires de dandy trasnochado. La búsqueda estaba resultando fructífera.

Ya sólo quedaba la protagonista: Gilliam. Todo un reto, Gilliam. Óscar tuvo que realizar un trasbordo, andar por interminables pasillos, subir escaleras, pasar entre riadas de gente apurada, que desbordaban su paciencia. Pensaba que jamás la encontraría pero finalmente lo logró. En el vagón de la línea 7 estaba sentada Gilliam, con aire despistado, leyendo un grueso y ajado libro de la biblioteca. Era ella, sin duda. Con su lacio pelo castaño y esa inconfundible mancha de pecas en la mejilla derecha. Gilliam, tan frágil, había sido cazada como un pajarillo.

Ahora Óscar ya tenía sus caras y podía leer tranquilo; hasta que un nuevo personaje sin rostro le asolara a la vuelta de una página y le obligara a cazar de nuevo. Gajes del lector apasionado.

lunes 14 de septiembre de 2009

Molestia

- María, ven. ¿Tengo algo en el ojo?

- A ver... ay, sí. Espera, que soplo. Fuuuuuu.

Y así salió del ojo del cíclope esa sandalia del 43 que le estaba irritando un poco el lacrimal.