lunes 1 de febrero de 2010

A.

A Antonio le gustaba tanto esa serie… Tanto le gustaba, que sabía al detalle todos los guiños y gestos de sus protagonistas: el saludo del padre al llegar a casa, el contorneo de caderas de la hija mediana, el chocar de manos del hijo mayor con su vecino, el amigo de toda la vida. Tanto le gustaba que había aprendido a manejarse en aquel entorno familiar lleno de sorpresas y rodeado a la vez de una tranquilizadora y previsible rutina.

Tanto le gustaba aquella serie, que decidió mudarse.

Asombrada, anonadada, su madre pudo ver en el tercer capítulo de la quinta temporada de “Los maravillosos Brown”, la entrada de un nuevo personaje. Entraba por la puerta un tímido muchacho cargado con un pequeño equipaje. Un joven menudito y blanco al que todos llamarían cariñosamente “A.”, por su pequeño tamaño. El estudiante español de intercambio que llegaba a la vida de la familia Brown… para quedarse.

martes 19 de enero de 2010

El libro supremo

En algún lugar del mundo, existe un libro capaz de coger entre sus manos a una persona, leer una a una las páginas de su vida (dejando esquinas convenientemente dobladas para no perderse) y, al finalizar, permitirse el lujo de hacer una crítica.

martes 5 de enero de 2010

Terapia anual

Se tumbó en el diván, temblaba de arriba abajo. El doctor le animó a tranquilizarse; y el excitado paciente, ya en confianza, le expuso su problema. Tenía estrés. ¿Las causas? Un exceso de responsabilidad y la presión de todos los habitantes del planeta esperando algo bueno de él: la resolución de los conflictos, el fin de la crisis económica, soluciones para el cambio climático, inclusive el logro de sus propósitos personales...

Según contaba todo esto, el paciente iba poniéndose más y más histérico, con los ojos grandes como dos enormes ceros, para echarse a llorar a continuación. El doctor, sobrepasado, le dijo que era normal, que no tenía que martirizarse, que en ese momento era mejor llorar y echarlo todo. Y le despidió con una palmadita en la espalda, contento por no estar en su lugar: ¿quién querría ser el aterrado, el angustiado año 2010?

jueves 24 de diciembre de 2009

Colina

Yendo hacia el trabajo, Julia se sorprendió: no recordaba haber visto nunca aquella colina cerca de casa. Una pequeña montañita, sobre la que el ayuntamiento no había tardado en poner un banco y plantar un árbol.

Y es que la formación de la colina no pudo ser más rápida. En su base, permanecía aquella señora obesa que un día cayó en la nieve por un fortuito resbalón y que a la que nadie ayudó a ponerse en pie. La mujer sobre la cual empezó a caer la lluvia, el fango, la tierra, hasta nacer la vida. Aquella señora que era del barrio y ahora era el barrio.

jueves 17 de diciembre de 2009

Detective

El detective privado pidió un café solo en una acogedora cafetería de Manhattan. Y sentado solo en una mesa de dos, se escondió detrás de su periódico para mirar de soslayo a la mujer rubia que discutía con el que presumiblemente era su amante, y al que propinó un sonoro bofetón. Tomó notas de todo lo sucedido en su gastado cuaderno, con su letra de zurdo, pequeña y abigarrada.

Al salir de la cafetería, giró en redondo y siguió a un niño que lloraba porque se le había escapado un gran globo rojo; para, a continuación, seguir la pista de un mimo que ya se había despintado la cara y volvía, taciturno, a su casa sin dejar de farfullar con una extraña voz chillona por las pocas monedas depositadas en su gorra. Y así, hasta bien entrada la noche, el detective siguió incansable con sus pesquisas y anotaciones.

A la mañana siguiente, quedó con su cliente para entregarle todo el material del caso: hojas de su viejo cuaderno, notas sueltas al margen del periódico, unos cuantos mapas y esquemas, cartas rotas. El cliente, nervioso, impaciente, con la mano temblorosa, cogió todo entre sus manos con una emoción incontenida y entregó en un sobre su dinero. El detective se limitó a llevarse su sobre, agachando la cabeza en un gesto humilde, y se fue. Había hecho un gran trabajo: aquel era el mejor material para historias que jamás había obtenido. Su cliente, ese pusilánime y agotado escritor, podría seguir trabajando en la novela; con la que, algún día, ganaría el Pulitzer, sin ponerle siquiera una dedicatoria.

martes 8 de diciembre de 2009

La máquina

Echó la moneda. La volvió a echar. Tras varios intentos, la máquina de vending por fin la aceptó. Sandra Lee seleccionó un suculento donut de chocolate pero lo que cayó en su lugar fue una enclenque chocolatina dietética. "¡Será posible, otra vez! ¡La madre que parió a la máquina!", gritó indignada con su voz ceceante, mientras le daba una fuerte patada, y se iba mordisqueando su chocolatina light, sin molestarse en poner otra reclamación más en las hojas amarillas, esas que nadie nunca atendía.

Lo que no sabía Sandra es que aquella máquina no era automática, sino teledirigida. Una cámara de la compañía de seguros de la empresa espiaba los movimientos de los empleados más obesos o con potencial sobrepeso; y mediante un sistema controlado a distancia, les ofrecía “alternativas saludables” a sus peticiones, con el fin de controlar los problemas de colesterol, diabetes y otros que pudieran padecer, y evitar los consecuentes gastos médicos. Un empleado saludable, un problema menos, era el eslogan de la aseguradora. Y lo cumplía, le pesara a quien le pesara.

jueves 3 de diciembre de 2009

Sin palabras

De súbito, las palabras dejaron de salirle de la boca, indignadas por ser dichas con tanta ligereza, por ser opinadas sin saber y mezcladas constantemente con gratuitos términos en inglés o palabras vacías como transversal o sinergia. El jefe se quedó sin poder articular ninguna de las chorradas con las que otrora llenaba horas y horas de reuniones.

miércoles 18 de noviembre de 2009

Retortijón

No lo podía evitar. Para Juan, el poeta, la inspiración llegaba como un retortijón que bajaba del corazón al estómago. La pena es que era difícil distinguir cuándo tenía en sus entrañas una obra maestra o un auténtico pedo.

viernes 13 de noviembre de 2009

Críticos

Todo el mundo decía que aquella artista cantaba como los ángeles. Pero a los ángeles no les gustaba nada de nada.

miércoles 11 de noviembre de 2009

El Club de los 10

Quedaban cada jueves a las 20 h en el bar irlandés para tomarse una pinta. Con caras amargadas, conspiraban contra la sociedad que los rechazaba y que nunca había llegado a entender su punto de vista. Eran solo 10, pero muy aferrados a sus creencias. Los 10 únicos hombres en el mundo que jamás se habían reído viendo una caída ajena.