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miércoles, 12 de noviembre de 2008

La dictadura del bostezo

No conozco ser más posesivo que el bostezo. Es un abusón que se aproxima a ti cuando menos te lo esperas y se adueña, por las bravas, de cada uno de tus actos. Hablas… bostezo. Levantas la mano… bostezo. Te agachas… otro bostezo. Cuando bostezas, cada músculo de tu cara se contrae, la mandíbula se abre desesperada, tu mente se vacía de todo pensamiento. Tú no bostezas, el bostezo te bosteza a ti, habla a través de tu desencajada boca y mira por tus ojos entrecerrados. El bostezo te atrapa, te sostiene con fuerza, te retiene hasta que se aburre de tu presencia. Porque es él, y no tú, quien decide cuándo marcharse.

Y es que existe un instante de tedio para el caprichoso bostezo, en que por fin consiente en liberarte. Pero no te deja por las buenas, qué pensabas, sino con una condición: que lo contagies a otro incauto. Así, durante unos segundos, sois dos –a veces más- los que estáis absorbidos por él, mientras os hace suyos en una catarsis absurda. Es su triunfo: el bostezo ha conquistado todo lo posible dentro de ti y a tu alrededor. Y entonces, sólo entonces, busca nuevas víctimas a las que someter a su implacable mandato.