Cada día, me levanto, me ducho, desayuno mis cereales y, pocos minutos después, me meto directamente en el sobaco de un señor. Es en la atestada línea 1 de metro. Yo llego como un pollito cansado e indefenso y me acabo poniendo bajo su ala, empujada por las hordas de viajeros; quienes a su vez, como en una compleja partida de Tetris, ya han buscado alguien con quien encajar sus maltrechos cuerpos.Pero no me compadezcáis, podría ser peor. La verdad es que el sobaco y yo ya hemos hecho confianza con el paso de los días. Es de Málaga, el sobaco. Y el hombre del sobaco también, claro. Raro sería que el sobaco fuera de Cuenca y el hombre de Málaga. Aunque, pensándolo bien, sí es bastante común que una persona sea, por ejemplo, de Madrid y sus pies de Cabrales.
Volviendo al tema, el sobaco y yo hemos creado una especie de simbiosis perfecta. Yo apoyo la cabeza en él y me pongo la música más animada que puedo. El sobaco, de carácter más tranquilo y apocado, se queda quieto, pensando en sus cosas. Quizá se pase el día dándole vueltas a las ventajas y desventajas de los tipos de desodorante. ¿Roll-on o spray? Difícil elección. No creo que el sobaco tenga nada que decir, qué se yo, sobre la crisis económica. Pero está bien así, una compañía sencilla. Tampoco es que a las 8 de la mañana yo sea una lumbrera.
Unas paradas después, en Pacífico, el sobaco y yo nos separamos. Yo le susurro “hasta mañana”. Él no dice nada, pero sé que en el fondo de sus pelillos me echará de menos.