Todos los hombres de la mesa me miran con deseo. Entre conversación y conversación cada uno de ellos me dirige una tímida ojeada; pero yo, fría, inalcanzable, les devuelvo una mirada castigadora. Sé que esa actitud me hace más atractiva...Pero pasan los minutos y empiezo a impacientarme; mi estrategia no funciona, nadie se atreve conmigo. Hasta que por fin, el más lanzado del grupo me mira de nuevo, dispuesto a dirigirse hacia mí, sin tapujos: me gusta ese estilo. Pero, ¡un momento! Algo pasa, el tipo se corta y va directo a por a mi compañera de mesa, ¡esa empanada!
No, otra vez no, ¿por qué siempre tiene que ser así?
Así que ahí me quedo, sola entre tanta gente, sabiendo que nadie saboreará mis sutiles encantos. Es horrible ser la última croqueta del plato: la de la vergüenza.