Mostrando entradas con la etiqueta viaje mental. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viaje mental. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de junio de 2010

Museos

A André Müller le gustaba viajar, y ver museos. Pero no cualquier museo. No el Louvre. Ni el British Museum. Ni El Prado. Lo que realmente le gustaba era perderse en los museos más decadentes de las ciudades. Los museos inhóspitos y olvidados.

Como aquel minúsculo museo de Entomología en Lima, que exhibía cientos de escarabajos clavados con su alfiler como un toro atravesado por el estoque, pero solo muerte, sin fiereza; triste lugar visitado por algún estudiante despistado o una señora que busca refugiarse en un lugar fresco de los rigores del verano y la menopausia. O el museo naval en Rijeca (Croacia); con maquetas de barcos que ya han perdido su color, mostradas tras espesas vitrinas, y que acumula en sus estanterías el olor al polvo de los años y en el aire la soledad de su cuidadora: la menuda viuda de un militar, con la piel ajada por el sufrimiento y la pérdida. O el museo rural en un pueblo perdido de Palencia, con la cuidada reconstrucción de un aula del pueblo -con ese vetusto mapa de España presidiendo la estancia- y que reservaba también una pequeña sala dedicada a las profesiones perdidas de la zona y los aperos de labranza.

En esos lugares, André sentía que el tiempo se detenía en seco, y se podía respirar en su versión más espesa, ser tocado en las formas más diversas: un cuadro apagado o una lámina amarillenta, un animal disecado con la mirada fija, un jarrón de cristal ya sin brillo. Le gustaba entrar en ellos y sentir cómo fuera la vida seguía precipitada, con su incasable trajín, su ir y venir de problemas. Quedarse allí sentado era tomar consciencia de la vida en la más clara ausencia de ella.

viernes, 20 de marzo de 2009

Set de viaje corporal

Ayer me regalaron un set de cremas y ungüentos varios para la piel. Una bonita y austera caja de metal con una banda de cartón donde pone: “Dr. Hauschka. Set de viaje corporal”. Me hizo gracia la frase porque parece que se refiere, más bien, al tipo de viaje: un viaje corporal. Se nota que es un producto alemán y, por tanto, deja muy claro su uso en la etiqueta. No hay equívoco ni confusión posible, es un set para viajes corporales. Punto. Porque claro, existen otro tipo de viajes: los viajes mentales. Y tienen sus diferencias.

Para empezar, los viajes corporales requieren reservar con cierta antelación el billete, el hotel o alojamiento, investigar sobre el destino (a veces se puede improvisar todo eso). Por el contrario, los viajes mentales no tienen límite alguno. No tienes que tratar con agencias de viaje, ni chapurrear inglés con estirados recepcionistas de hotel, ni pelearte con las formas de pago y el paypal en Internet para hacer reservas. Puedes viajar al país que quieras y al tiempo que quieras, ya sea pasado, presente o futuro. Y todo ello a cualquier día y hora o, como dicen los anglosajones, 24/7 (que siempre me ha parecido una división; 24 entre 7, dan ganas de contestar 3,428571428571428571). A lo que iba, que mi mente ya se empieza a evadir: en un viaje mental, tienes muchas ventajas como las que he descrito. Y no son las únicas. Porque además puedes viajar en el medio de transporte que te resulte más cómodo; por ejemplo, subiendo en una puesta de sol y haciendo una rápida escala en la tercera nube. Sin tasas, sin gastos extra, sin letra pequeña en las tarifas. En un viaje mental nunca te pierden las maletas y los únicos viajeros insatisfechos son aquellos carentes de imaginación, porque ni siquiera pueden inventarse un centro donde reclamar y contar sus penurias. En un viaje mental no hay cucarachas en los hostales, ni niños chillones en los campings, ni guiris rojos como gambas comiendo gambas en los chiringuitos mientras se chupan los dedos, ni patéticas aglomeraciones para hacer fotos a los monumentos.

Y en definitiva, a un viaje mental, como bien dice la etiqueta Dr. Hauschka, no me llevaría crema corporal. No lo necesitaría. Porque en mis viajes mentales siempre estoy divina, no tengo estas ojeras de boxeadora vital ni la cara de cansancio, sino una piel tersa y bronceada todo el año y una gran sonrisa a juego. Sólo me llevaría los recuerdos de un buen libro y mi música, pero no en formato mp3 sino en el formato que tarareo en mi mente. Y así, tarareando, tarareando, me iría de pronto y lo dejaría todo lejos. Muy lejos. Hasta ver los problemas pequeños como pulgas de circo. Que eso es justo lo que voy a hacer ahora. ¡Me voy! Esperad, que cojo una canción. Y el librito. Y la sonrisa. Prometo escribiros una postal o, mejor aún, un post a mi vuelta. Que si no, a lo mejor no os llega nada: el servicio de correo es terriblemente malo en la isla tropical de mi hemisferio izquierdo.