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viernes, 28 de mayo de 2010

Carta

El escritor recibió una carta en el buzón de casa. El sobre era suave, tenía el inconfundible tacto de una hoja verde de árbol y un olor fresco, delicioso. Lo abrió inmediatamente, tal era su curiosidad. Dentro se encontraba la misiva, que olía a flores silvestres:

Amigo Escritor,

Soy consciente de que encontrar inspiración no resulta sencillo, pero permítame decirle que últimamente usted ha caído muy bajo. Se ha instalado en la cursilería, en el recurso fácil. Escribiendo vagos poemas de sentimientos, post lacrimógenos en su blog, y auténticas fruslerías en su cuaderno negro de anotaciones...

¿Que cómo lo sé? Sencillamente, porque soy yo quien tiene que sufrirle, que aguantar su prolongada sequía creativa y su falsa ilusión de que yo puedo ayudarle en algo. Sí, me he fijado en cómo me mira desesperado, a la búsqueda de ideas. Cómo observa las flores, los árboles, las muchachas del parque vestidas con livianos vestidos blancos...

Por ello le pido, por favor, que deje de inspirarse en mí, en todo lo que yo (en su opinión) pueda proporcionarle. No es mi misión ayudar a escritorzuelos frustrados. Es más, es un extra de mi trabajo que me repugna sobremanera, compréndalo. Son cientos, miles de años, aguantando esto; especialmente desde la llegada de lo que ustedes llaman Romanticismo. Y ya he llegado al límite, se lo digo.

Sin más, se despide atentamente,

La Primavera

jueves, 17 de diciembre de 2009

Detective

El detective privado pidió un café solo en una acogedora cafetería de Manhattan. Y sentado solo en una mesa de dos, se escondió detrás de su periódico para mirar de soslayo a la mujer rubia que discutía con el que presumiblemente era su amante, y al que propinó un sonoro bofetón. Tomó notas de todo lo sucedido en su gastado cuaderno, con su letra de zurdo, pequeña y abigarrada.

Al salir de la cafetería, giró en redondo y siguió a un niño que lloraba porque se le había escapado un gran globo rojo; para, a continuación, seguir la pista de un mimo que ya se había despintado la cara y volvía, taciturno, a su casa sin dejar de farfullar con una extraña voz chillona por las pocas monedas depositadas en su gorra. Y así, hasta bien entrada la noche, el detective siguió incansable con sus pesquisas y anotaciones.

A la mañana siguiente, quedó con su cliente para entregarle todo el material del caso: hojas de su viejo cuaderno, notas sueltas al margen del periódico, unos cuantos mapas y esquemas, cartas rotas. El cliente, nervioso, impaciente, con la mano temblorosa, cogió todo entre sus manos con una emoción incontenida y entregó en un sobre su dinero. El detective se limitó a llevarse su sobre, agachando la cabeza en un gesto humilde, y se fue. Había hecho un gran trabajo: aquel era el mejor material para historias que jamás había obtenido. Su cliente, ese pusilánime y agotado escritor, podría seguir trabajando en la novela; con la que, algún día, ganaría el Pulitzer, sin ponerle siquiera una dedicatoria.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Frustración

El calamar siempre se enfadaba porque la tinta de sus textos se emborronaba en el agua del mar.

viernes, 19 de junio de 2009

El escritor "ético"

José María Rebollo era un gran escritor y, paradójicamente, un escritor de éxito. Sus novelas se vendían a millares, sus novedades inundaban las estanterías de las librerías, la tercera parte de su trilogía se agotó en pocas horas batiendo todos los récords. El bonachón novelista se levantaba cada mañana orgulloso de hacer disfrutar a la gente con la lectura.

Hasta que una cálida mañana de domingo, mientras desayunaba su café y leía el periódico, el autor se paró a reflexionar sobre el lado oscuro de la profesión. En toda la gente enganchada a sus libros que se quedaba leyendo hasta altas horas de la noche y llegaba agotada a los trabajos, ganándose las reprimendas de sus hastiados jefes. En aquellos que se torcían un pie en el metro por no apartar el libro de sus ojos. En todas las noches de sexo que tantas parejas habían perdido porque uno de ellos no podía abandonar la lectura de su último libro. ¿Cuántos bebés permanecerán en el limbo a causa de mis novelas?, se preguntó. Y perplejo por todo el mal que ocasionaba al mundo, decidió dejar de escribir para siempre.

El ya anciano novelista no se percató de las consecuencias de su radical decisión. No cogió jamás el teléfono de su agente. Ignoró el ruido mediático ocasionado en webs, blogs y foros en Internet y no se molestó en leer las cientos de cartas que inundaban su buzón, en las que sus lectores le pedían, le rogaban, una nueva entrega de sus aventuras. Ante ese desconocimiento, y con la certeza de haber dejado de producir tantos males, José María Rebollo falleció plácidamente en su domicilio de Barcelona. "La ética se ha impuesto al ego", rezaba la nota que sostenía entre sus arrugados dedos.