- María, ven. ¿Tengo algo en el ojo?- A ver... ay, sí. Espera, que soplo. Fuuuuuu.
Y así salió del ojo del cíclope esa sandalia del 43 que le estaba irritando un poco el lacrimal.
Definitivamente, aquel tipo estorbaba sus planes: debía ser eliminado. Pero no de cualquier manera; había que recurrir a un método sutil y satisfactorio para quitárselo de en medio. Lograrlo no era cosa fácil. Máxime, cuando había un problema añadido: podría haber muchos testigos en el momento del suceso. Todo esto había de tenerse en cuenta a la hora de planificar el crimen: el momento, las dificultades logísticas. Pero al fin dieron con la solución: el martes a las 22:00 p.m. sería perfecto. Los guionistas de la serie estaban asombrados de su propia genialidad para liquidar al protagonista.
Un crack lo cambió todo. Lidia se quedó doblada, totalmente agachada, por una repentina lesión de espalda.
Los lunes son los días más odiados del año. Por eso acuden a terapias de autoayuda, donde se repiten a sí mismos cosas como: “Soy único y especial”, “Yo también soy bello”, “Yo tengo el poder de que los otros me vean de manera positiva”. Como no podía ser de otra manera, el curso lo imparten lunes profesionales, que han sido capaces de cambiar las cosas y convertirse en frescos y adorables lunes de vacaciones de verano.
En aquella bella y exótica ciudad, todo se compraba, todo se vendía, todo tenía precio en bazares, mercadillos, en las calles, en cada esquina. Al principio, tal actividad mercantil le pareció fascinante a Joaquín, como a cualquier turista. Pero poco a poco, llegó a saturarle. El límite de su paciencia se rebasó cuando se sentó a descansar en un parque y, en cuestión de minutos, un niño se acercó a venderle su sonrisa y una paloma el batir de sus alas. “10 euros, y de ahí no bajo”, fue la última oferta de la codiciosa ave.
Desde lo alto del tercer piso donde ponía ladrillos, el obrero vio a aquella morena alta, con ese cabello ondulado, esas curvas -una morena de libro, vaya- y no pudo menos que lanzarle un piropo. Con tan mala suerte que la joven, que llevaba los cascos de música puestos, lo esquivó con una mezcla de despiste y pasmosa habilidad. El piropo cayó en el suelo con un sonoro topetazo. Magullado, humillado, se sintió decaído y sin fuerzas, como un soso monosílabo. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es un piropo sin nadie a quien ser dedicado? No es nada, no es nadie, es mero sonido, es, es... es aire. El piropo, aterrado por tan terrible destino, se puso palabras a la obra para buscar una mujer a la que adular.
Francisca, Mariana, Lourdes y Vicenta adoraban salir a pasear en grupo, a eso de las 8 de la mañana, cuando el calor aún no resultaba asfixiante. Se plantaban su chándal y sus zapatillas y hacían 30 minutos diarios, tal y como les había recomendado sus respectivos doctores para mantener controlado el azúcar. Y poco a poco, iban aumentando el ritmo y distancia de los paseos. Hasta que una mañana, la vital Francisca impuso un acelerado ritmo en la caminata, que todas siguieron sin problema, entre charlas, jolgorio, cotilleos varios e intercambios de experiencias sobre sus hijos y nietos. Iban caminando y sintiéndose bien, cada vez mejor, y no querían parar; estaban exultantes por todo lo recorrido.