miércoles, 18 de agosto de 2010

El crítico

- ¡Mira, Juan, una caracola!- Dijo ella, ilusionada como una niña, cogiéndola de la arena de la playa-. - ¡Venga, escúchala!- Comentó, poniéndosela a su novio en el oído.

Él, frío, impertérrito, escuchó durante un instante la caracola y sentenció:

- No me dice nada este sonido. No tiene estilo propio, ni personalidad; se limita a imitar a un clásico: el mar.

lunes, 9 de agosto de 2010

Quiero escribir

Y como quiero escribir, y nada de lo que tengo estos días me gusta, me he lanzado a la escritura automática (¿os podéis creer que nunca lo había intentado en serio?), con el siguiente resultado:

"Pies de plomo, alas en los tobillos, escritura automática neumática, en las flores que describo, no puede ser, es el ángel que saluda, es el ser, no puede ser, generador de textos que se ayudan, causa sin fin, en fin, puede, puede ser libre, y de hecho flota, en el ambiente de la tarde quiere sobrevolar las ciudades rojas, volver a comer de mi mano, eso más adelante, siempre"

La mente tiene estas cosas. Parece que mis textos luchan por salir ;)

lunes, 26 de julio de 2010

El Jonathan

- ¿Estás seguro? -Dijo ella en la habitación del hospital, acunando en sus brazos al recién nacido, aún amoratado y con los ojos semicerrados.

- Sí, definitivamente. -Contestó él, con un aplomo que asombró a su joven esposa.

Así fue cómo Javier y Marta decidieron finalmente poner a su hijo Jonathan. Un nombre que condicionaría para siempre su existencia, y le cerraría no pocas puertas en cuestión laboral. Cuando en realidad, su padre -hombre culto y gran lector- pretendía hacer un homenaje a su admirado Jonathan Swift.

miércoles, 21 de julio de 2010

Nuevos viajes

En el año 3050, ya eran muy populares los viajes en teletransporte. Prácticamente todas las personas, incluso aquellas con un presupesto exiguo, podían subir a la cabina y llegar en cuestión de milésimas de segundo a cualquier punto del planeta o de las recientemente descubiertas colonias del planetoide R587 B.

Pero había un sector de viajeros que no estaba conforme con el nuevo avance. Eran los campistas; que no encontraban en esta modalidad el placer de viajar cargados hasta los topes con sus pertenencias, en sus coches o autocaravanas. Y que además afirmaban -insistían mucho sobre ello- que al llegar a su destino, la tortilla de patatas tenía un extraño gusto a recalentada que a los niños no les gustaba...

martes, 29 de junio de 2010

Museos

A André Müller le gustaba viajar, y ver museos. Pero no cualquier museo. No el Louvre. Ni el British Museum. Ni El Prado. Lo que realmente le gustaba era perderse en los museos más decadentes de las ciudades. Los museos inhóspitos y olvidados.

Como aquel minúsculo museo de Entomología en Lima, que exhibía cientos de escarabajos clavados con su alfiler como un toro atravesado por el estoque, pero solo muerte, sin fiereza; triste lugar visitado por algún estudiante despistado o una señora que busca refugiarse en un lugar fresco de los rigores del verano y la menopausia. O el museo naval en Rijeca (Croacia); con maquetas de barcos que ya han perdido su color, mostradas tras espesas vitrinas, y que acumula en sus estanterías el olor al polvo de los años y en el aire la soledad de su cuidadora: la menuda viuda de un militar, con la piel ajada por el sufrimiento y la pérdida. O el museo rural en un pueblo perdido de Palencia, con la cuidada reconstrucción de un aula del pueblo -con ese vetusto mapa de España presidiendo la estancia- y que reservaba también una pequeña sala dedicada a las profesiones perdidas de la zona y los aperos de labranza.

En esos lugares, André sentía que el tiempo se detenía en seco, y se podía respirar en su versión más espesa, ser tocado en las formas más diversas: un cuadro apagado o una lámina amarillenta, un animal disecado con la mirada fija, un jarrón de cristal ya sin brillo. Le gustaba entrar en ellos y sentir cómo fuera la vida seguía precipitada, con su incasable trajín, su ir y venir de problemas. Quedarse allí sentado era tomar consciencia de la vida en la más clara ausencia de ella.

miércoles, 16 de junio de 2010

Polilla

En el marco de la ventana de la oficina, esta mañana había una polilla. Una polilla muerta.

Una compañera ha dicho que la señora de la limpieza se habría olvidado de quitarla; otra, que la mujer está quemada porque le han dado más que limpiar por el mismo sueldo y que se hace la tonta con pequeños detalles como ese, para dar a entender que no llega con todo. Yo lo que creo es que, en realidad, la señora es una filósofa, que con la polilla ha querido hacernos reflexionar sobre la brevedad de la existencia. Tempus fugit; el tiempo vuela, con pequeñas y peludas alas de insecto.

viernes, 28 de mayo de 2010

Carta

El escritor recibió una carta en el buzón de casa. El sobre era suave, tenía el inconfundible tacto de una hoja verde de árbol y un olor fresco, delicioso. Lo abrió inmediatamente, tal era su curiosidad. Dentro se encontraba la misiva, que olía a flores silvestres:

Amigo Escritor,

Soy consciente de que encontrar inspiración no resulta sencillo, pero permítame decirle que últimamente usted ha caído muy bajo. Se ha instalado en la cursilería, en el recurso fácil. Escribiendo vagos poemas de sentimientos, post lacrimógenos en su blog, y auténticas fruslerías en su cuaderno negro de anotaciones...

¿Que cómo lo sé? Sencillamente, porque soy yo quien tiene que sufrirle, que aguantar su prolongada sequía creativa y su falsa ilusión de que yo puedo ayudarle en algo. Sí, me he fijado en cómo me mira desesperado, a la búsqueda de ideas. Cómo observa las flores, los árboles, las muchachas del parque vestidas con livianos vestidos blancos...

Por ello le pido, por favor, que deje de inspirarse en mí, en todo lo que yo (en su opinión) pueda proporcionarle. No es mi misión ayudar a escritorzuelos frustrados. Es más, es un extra de mi trabajo que me repugna sobremanera, compréndalo. Son cientos, miles de años, aguantando esto; especialmente desde la llegada de lo que ustedes llaman Romanticismo. Y ya he llegado al límite, se lo digo.

Sin más, se despide atentamente,

La Primavera

martes, 18 de mayo de 2010

Modas

Ignacio C. era un fotógrafo de tendencias: captaba las más rutilantes tendencias mentales y las ponía de moda. Si algo salía en su blog, inmediatamente todas las muchachitas y los jóvenes preocupados por su imagen intelectual deseaban tenerlo en sus cerebros. Así fuera una dialéctica impresionante o una oratoria sublime, cuanto aparecía en sus instantáneas se convertía al momento en objeto de deseo y en blanco para los imitadores.

Precisamente esos, los imitadores, eran los peores de cuantos admiraban su trabajo. Gente de pose, de gruesas gafas -de un grosor obsceno-, de afectados gestos, que trataban de emular sin éxito un enfoque atrevido, una original línea de pensamiento, sin saber llevarla.

¡He echado a volar!

No, no dejo el blog; aunque si sigo sin poder darle vida, me lo tendré que plantear más adelante :(… Es que me hecho pájaro, o mejor dicho, una pájara de cuidado. Bueno, no me ando más por las ramas (lo de pájaro se me ha subido a la cabeza):

Que he abierto un perfil en Twitter, por si queréis que nos sigamos en esa red.

Me da alas escribir esas pequeñas reflexiones de 140 caracteres y, por supuesto, me encantaría compartirlas con vosotros.

Mi perfil, aquí.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Sonrisa

No ha sido un día cualquiera. Ha sido un día de mierda. De esos en los que todo se junta, y que no parecen tener final....

Pero todos lo tienen. A veces hasta bueno.

Y hoy, el punto final lo ha puesto una sonrisa. La que me ha sacado un hombre que pedía en el tren, en mi viaje de camino a casa.

Cuando llegué al andén, lo encontré inquieto, esperando la llegada del convoy. Un hombre que va a pedir; me dije, sin más, y seguí con mi libro. El tren no tardó demasiado. Y justo antes de entrar en él, vi cómo aquel hombre se miraba en el cristal de la puerta, se atusaba el pelo y aclaraba su voz. Su singular ritual de preparación para el discurso, captó mi atención...

Al subir al vagón, nos cruzamos y me dijo "Perdón, señora", aunque una fugaz mirada a mi rostro le sirvió para corregirlo con un "...¡señorita!". Ante tal rapidez de refrejos, le sonreí. Y él me dijo: "Gracias por esa sonrisa". En ese momento, se colocó finalmente frente a su somnoliento auditorio y empezó su discurso: sencillo, directo, emotivo. Sin dejar de mirarme de reojo.

Como no podía ser de otra manera, le di el poco suelto que llevaba. Otra sonrisa, esta vez suya. Y una frase de despedida: "Descansa, bonita". Me chocó que mi cara delatara tal agotamiento, y me quedé pensativa aunque aún alegre.

Ya me imagino contándole a alguien: "No veas, con el día tan maravilloso que he tenido hoy, y esa chica de cara cansada del tren me ha dejado, no sé, de bajón" :P