El otro día estaba mirando en el ordenador una bonita foto donde salimos mi hermana y yo, en un soleado día de Valencia. Bueno, mi hermana, yo... y una señora con un carro de bebé que trataba de escapar, sin éxito, del ávido objetivo de mi madre. Allí quedó plantada la buena mujer con cara de pasmo, su carrito Jané y su bebé, oculto por una mantita, que ni se enteró de que le habían echado una foto. ¡Sonríe, baby!Y me dio por pensar en todas las fotos de desconocidos en las que habré aparecido yo, o una parte despistada de mí. Un mechón al viento en una terraza de verano, mi mano izquierda sujetando el mapa de una fría ciudad mientras señalo algo con la otra mano, mis pies con sandalias -sin calcetines, eh- en la escalinata de una turística plaza. ¿Dónde estarán ahora todas esas partes diseccionadas? Las imagino en álbumes y ordenadores de gente de lugares tan variopintos y desconocidos para mí como Toronto, Singapur o Lugo. Gente que, como yo, habrá revisado sus fotos pensando: quién **** es esta chica que trata de huir, pero mira este dichoso codo, la madre que... a la del mapita (todo esto espetado en diversos idiomas, incluido el galego).
La verdad, una puede sentirse molesta por haber irrumpido de semejante manera en la vida de otra persona, un total desconocido. Pero si te paras a pensarlo, es otra forma de viajar por el mundo. ¡Puede que haya pisado los cinco continentes y aún no lo sepa! Y es un fantástico consuelo para los que viajamos menos de lo que nos gustaría.








